La luz de septiembre devuelve volúmenes al paisaje.
Comienza la veda para los cazadores de cumulonimbus.
Frutos de temporada: higos, moras, granadas, membrillos y, finalmente, melancolías.
Leer el vuelo de los pájaros que anuncia tormenta.
Celaje es el pelaje del cielo.
El silbo del afilador gira en las esquinas como una peonza.
La liturgia de la lluvia incumbe al poeta y al peregrino.
Dentro de la niebla el cuervo grazna en pasado.
Sentado ante la chimenea, arden en el fuego los líquenes de la memoria.
La niebla oculta el paisaje y convoca su memoria.
Ver balancearse al tiempo, cuando el pájaro vuela de la rama escarchada, que se agita brevemente.
Lluvia mansa que produce burbujas en los charcos.
La noria de sangre con su crujir de tiempo circular.
Regresan los aviones, nuevos barros en viejos nidos.
El paso de las Pléyades arroja frutos tempranos a la acequia.
Todas las mujeres huelen a pan, cada una a su manera.
En la vida de los insectos ocurren cosas sin nombre.
El hilo invisible alrededor del que vuelan dos mariposas.
La miel del agua renquea en la alberca.
La higuera rezuma leche y sombra.
La felicidad es un muchacho que silba a la playa de un verano que comienza.
El viento del atardecer lo enreda todo hasta que el crepúsculo se asienta.
Se detiene el girasol viejo, inclinado en reverencia, a contemplar amaneceres.
De calor y sequía, el pico abierto del pájaro.
Los higos se arpan al resol de septiembre.

Nota: La tradición de los antiguos bardos establecía su principio en primavera, pero la mayoría de los poetas actuales sostienen que el año poético, como el pluvial, comienza en otoño.