Las partes blandas
entregadas al olvido
evaporándose resecas expuestas al sol.
Pataleando en el aire
sólidas ausencias
en las que clavar con tracción,
con afilado convencimiento,
desterradas, hambrientas,
melladas, las uñas.
El caparazón en un puño,
cubierto el escudo de arena.
Queriendo arrastrar
con el cuello en tensión
el peso muerto de unos músculos volcados.

Dada la vuelta
por propia indecisión
no le queda otra,
no tiene más remedio,
que camuflarse en la rasante cotidianidad
para que no le devoren las gaviotas.