Ha hecho falta que yo caiga muchas veces.

Ha hecho falta que tú sientas
el vértigo dorsal de mi esqueleto
y que esquivases la muerte
sin evitar su misterio. Ha hecho falta
morir tan de continuo y continuar
viviendo con la piel para afuera,
cambiar de sábanas y cielo,
morder la tierra
como quien muerde un corazón
y chupar su jugo y escupirlo
en la boca del otro.

Ha hecho falta que tú y que yo
retocemos sobre el filo de los finales
para alcanzar este principio.

Ha hecho falta que nos echáramos a faltar
antes incluso de habernos conocido.

Ha hecho falta todo eso:
que crucemos un océano sin respirar
y bebamos un diluvio con los párpados
para que tú y yo acabemos metidos
en este espejo de dos caras
en el que confundimos nuestros contornos
iguales pero distintos que forman
esta insólita soledad solidaria
que es todo lo que tenemos
y somos y es inmenso.