Ella no podía saberlo,
no había señales para ello
ni en la tierra ni en el cielo,
y aun así asomó su mundo
al que nada pude ofrecer
como incauto complemento.

Ella no podía saberlo,
todavía no existían
ni imágenes ni palabras,
y derramó sobre mí
su nudo giratorio,
inasible línea al filo
de un abismo de sábanas.

Por eso cayeron los muros
de su recta estratagema,
porque cuando ella miraba
divertida mi impaciencia
salté confiado al vacío
coronando su extrañeza.

Luego todo fue amor,
dicen.