No confundir ser único con ser mejor que el resto.
No ser equidistante. No olvidar
el poema en que Robert Lowell nos dejó escrito:
—El infierno soy yo, no hay nadie más aquí.

Saber mirar de forma que no puedas
asomarte dos veces a la misma ventana.
Haber sido otros muchos antes de ser tú mismo

y que cualquiera de ellos

se cambiase por ti.

Que tus palabras abran un camino en la nieve.
Que tu poema dude entre él y la música,
como el rinoceronte de John Burnside
vacila al borde mismo de la geometría.

Cuidado con juzgar a los que quieres:
si los miras con lupa, empezarán a arder.

Nunca escribas para que te conozcan,
sino para que sepan quiénes son.