Cortaron el trigo. Ahora
                        mi soledad se ve mejor.
                              Sophia de Mello

 

San Francisco de Asís se dirigió a las aves las
llamó hermanas impuso el silencio les dijo

                  —ahora me toca hablar a mí a mí

que sueño con todas las alas de mariposa
arrebatadas
una a una
para enterrarlas junto al cuerpo de miles que
perecieron
hace miles y miles de años
(pétalos, pequeñas deidades animales hechas
de barro, vientres que se vaciaron para dar
paso a la mirra)

pero me toca hablar a mí
que soy un organismo como cualquier otro,
infinidad de posibilidades, de células
chocándose las unas con las otras, una
multitud de impulsos

—repito—
como los de cualquier otro debatiéndose
dentro por igual
entre los estímulos de la destrucción y de la
supervivencia

a mí
que estoy escribiendo estas líneas que tienes
ante ti porque he vuelto a buscar
la técnica de datación por carbono, los
entierros en el paleolítico, el proceso de
embalsamamiento y preparación del difunto
en el antiguo Egipto
a mí
que como tú
quieres
el remedio la bondad
el ejercicio exacto para perpetuarse
el reconocimiento el refugio
la venda el duelo
todo
todo lo necesario
a mí
que miro mis dientes y mis manos
cada parte de mí abreviada
como escribir siempre ADN y no intentarlo con
ácido desoxirribonucleico
a mí
que me gusta situar las cosas
en la región exacta
darles un significado
proveerlas de una historia
a mí
que no soy San Francisco
ni vosotros mis hermanas, las pobres
golondrinas
a mí
que no soporto la idea de verme hablar a un
animal
para pedirle que se calle
que prefiero la cura y no el silencio

pero cada vez que escribo
estoy contradiciéndome
a mí misma
convirtiéndome en la hermana,
en el profeta que se sienta delante de los
pájaros
pidiéndoos por favor de nuevo

silencio

porque al fin callan
las alas de mariposa, el hermano y las
golondrinas,
y me toca hablar a mí.

                        (de Cuaderno de campo, La Bella Varsovia, 2017)