Llevo dieciséis horas seguidas con la familia Gallagher.
Su vida es dura pero divertida; mi vida es fácil
pero un infierno que no puedo afrontar.
Cruel infierno de la facilidad, demonio de los supermercados abastecidos del primer mundo,
ángel vengador de las redes WiFi de todas las cafeterías del universo.
No puedo salir del sofá. No puedo dejar de desear ser Frank Gallagher.
Nieve de Chicago cayendo sobre mi piso a las afueras de una ciudad de provincias en un continente putrefacto.
Mi sofá como último reducto del vacío.
He aquí un hombre borrándose, un hombre negándose a ser hombre.
La vida está sobrevalorada. La vida no es mejor que ver series ni mejor que dormir doce horas.
No hay diferencia entre follar y amarse hasta la muerte,
a ojos de los dioses todo es relámpago.
No hay diferencia entre escribir Guerra y paz y masturbarse frente al ordenador,
para Azatoth cualquier acción humana es mota de polvo, es el sueño de una lombriz subterránea que nunca verá la luz,
la gravedad de mil millones de años que me aplasta contra el sofá.

En ocasiones como ésta Marta se sentaba junto a mí y suspiraba, y en su suspiro ya había un reproche:
Qué te pasa.
Tienes que enfrentarte a la vida, tienes que salir a la calle y ser besado por un viento de 29 kilómetros por hora dirección oeste según Google.
Pero no sé cómo dar ese salto.
Ser besado por la vida es olvidarse de la vida,
es cerrar los ojos e ignorar su cuerpo grotesco de trescientos mil muertos en Siria, corrupción y rótulos inferiores anunciando a toda velocidad el colapso del universo,
es sentir la caricia de mil cuchillas escondidas en el minutero de la física cuántica.
Sólo quiero que se apaguen las luces del centro comercial, quedarme allí cuando es de noche y todos se marchan,
cerrar los ojos, estar solo,
ser Frank Gallagher.