Manuel Rivas aterrizó en el proyecto Anónimos liderando el Comité de Selección de la edición celebrada en 2014. Pero lo hizo como un miembro más del equipo, no como el escritor consagrado y uno de los nombres más respetados de la literatura española actual. Aceptó el encargo y lo primero que nos dijo fue: “Espero ser útil”.

Subrayó que para evaluar un poema hay que enfrentarse a él casi desnudo, libres de condicionantes, y fiarse de las emociones, del primer impacto que nos causa, porque el poema “es una primera impresión, a veces conmoción”. Y así lo hicimos, convirtiendo esa máxima en uno de los pilares de Anónimos.

En la charla previa a la entrega del poemario publicado aquel año, nos regaló algunos consejos, pues como lector “hay que implicarse con el poema” y desarrolló esta idea del doble compromiso, el del poeta y el del lector.

Alumbró con extraordinaria luminosidad un acto que condesó emotividad, reivindicación y sentido del humor. Y esa luz fue brillante, irradiada por alguien que –con extraordinaria modestia– declara las herramientas que posee con un “sólo tengo una luciérnaga en la palma de la mano”.