Los dedos, mimbres desordenados,
dibujan trazos desconocidos
gestos engarzados que sobrevuelan
al peso del aire
rebotan sin llegar a decir,
y en contra nuestra, lo hacen sin más.
El cuerpo se revuelve
en cruces de muecas secretas
con objeto propio
con mensajes ignorados
con el destino
de no quedar rezagados
del río de los otros.