Lo vivo no retrata tan bien como yo.

A partir de cierto punto que no coincide
con el de la independencia económica pero se le parece,
todo acto se encamina a armar un mundo opuesto al miedo
que tejió el edredón de la infancia.  

No sé qué me distanció de él.

¿No es rara esa necesidad exclusivamente humana de dar nombre
a cuanto existe por el mero placer de sentir un sonido
golpear la lengua?
¿Cuánto tiempo hemos perdido en ello mientras los inviernos
pasaban, las ciudades se demolían y en su lugar levantábamos
otras o las mismas? En los rincones de esta cocina crecieron cosas
que no tendrán otra palabra que el dialecto o la lejía.

Lo vivo no retrata tan bien como yo.

A un paso de saber a trucha, el agua
del grifo sabe a piedras de río, le falta un infinitésimo,
siempre la recuerdo así.
Un buen vino, una excursión al cemento,
las aterradoras figuras de dálmatas de escayola
a tamaño real.

Hoy sabemos que tan cierto es que la Tierra
gira alrededor del sol como que el sol lo hace en torno nuestro,
depende del sistema de referencia que elijas. 
Algo similar ocurre con la muerte y la vida.

El hallazgo de Walden, la vida en los bosques,
es que su autor se anticipa 100 años a Walt Disney:
establece la primera relación delirante del humano con plantas
y animales.

Tengo para mí que lo que verdaderamente molestó a Dios
no fue que Caín matara a Abel sino que después
lo enterrara para intentar ocultarlo de su vista: primera versión
de la mentira.
Lo había hecho a imagen y semejanza de un pájaro
al cual vio enterrar a otro alado muerto –dijo-.

Hay algo que el coleccionista no entiende,
lo que está hecho para siempre no puede ser guardado. 

Los mansos anos de los animales salvajes
                               -toda su energía desviada a sus fauces-
se opone a la incesante actividad de los anos domésticos.

Un coche encalló en el barro, nadie supo más
de sus ocupantes.
Ocurrió aquí.

De Ya nadie se llamará como yo (Seix Barral, 2015)