Publicar por primera vez es como jugar Pacman en primera persona:
Por un lado están los fantasmitas que deambulan por ahí.  Los “papelitos de locura” que nunca terminan por cuajar (flashes de calamidad) persiguiéndote lo que dura el juego, en tanto alcanzas el máximo puntaje posible, vida tras vida, tentativa tras tentativa, brazada tras brazada (aunque Pacman sólo sea una cabeza calva flotante)…
Por el otro lado, está la falsa ilusión de ir avanzando (la dinámica superficial del ritmo); el mundo con un revólver apuntándote; la carrera literaria; los premios por venir (el porvenir); la magia dispersa, que sólo es un truco, una falla en el código de programación…
En medio de todo está la miseria humana, el vacío ante la hoja en blanco, el sol naciente que nunca deja de mirarnos, que permanece estático sobre nosotros como una cresta.
Publicar por primera vez es el arrepentimiento. Caminar de reversa, como si el futuro en realidad fuera esa playa a la cual nunca llegamos en sueños, varados en un mar donde sólo existe la intuición fantástica.
Publicar es darnos cuenta que no somos Pacman, sino la maldad con que devora su pequeño mundo virtual; la arrogancia contenida en un frágil frasco de mermelada donde guardamos las esperanzas de convertirnos algún día en algo más: luces que parpadean al ritmo de una melodía que se repite una & otra vez, una & otra vez.