A ese cuerpo ingrato que reclama sueño, calor y alimento,
que se cansa y que siempre exige el ideal,
la temperatura ideal, la forma ideal, el momento ideal,
se le debe enseñar a admirar,
se le debe exponer a todo lo que el camino tenga que enseñar,
se le debe recordar la magnificencia, la práctica de la inocencia,
se le debe recordar su capacidad de despertar almas,
de hacer brillar miradas, de desatar taquicardias.
Así ese cuerpo aprenderá a entregarse al ritmo de las melodías,
A deslizar la pluma, a escribir poesías,
A desencadenar la pasión incluso entre la niebla y expuesto a una baja temperatura,
Así este cuerpo entenderá que su única vocación es vivir, es amar.