Dejo mis manos colgadas del recuerdo
como una gabardina mojada,
escurriendo lágrima a lágrima,
la lluvia pasada y reciente de tu ausencia.
Dejo volar mis ojos por la oscuridad del pensamiento
como pájaros insomnes buscando una rama
donde posarse a escuchar el tiempo.
Y dejo que mi voz cansada se adentre,
como una vieja hoja de roble viejo,
en un laberinto de viento
donde ni siquiera lo obvio devendrá cierto.
Toda mi vida no ocupa más espacio:
se resume en este preciso momento,
en este mismo silencio ciego
-duro, frío cristal en el que no me reflejo-
y en la creencia de haber visto una sonrisa
en algún instante de un sueño que apenas recuerdo.
Cuando despierte por fin dejaré la vida,
dejando inconcluso todo cuanto quiero.
Como pasos que se pierden niebla adentro,
como huellas de un sendero que conduce al desierto,
dejaré todas mis cicatrices,
me llevaré todo el sufrimiento.