Me duelen los espejos.
Al mirarlos,
o al mirarme, mejor dicho,
salpicado en sus orillas,
me provocan esa extraña sensación
de estar ante un precipicio:
ese hipnótico miedo que tirita en mi mirada,
esas ganas —calladas— de lanzarme al vacío.

Ciegos me persiguen;
como íntimos puñales,
como hoscos animales incapaces de obediencia,
desde siempre andan buscándome,
implacables, sobreviven acampando en quicios rotos,
en inhóspitos pasillos que no dan a ningún sitio,
en los tristes probadores donde visto mi ilusión.
Me vigilan día y noche,
me sorprenden a deshora,
se abalanzan sobre mí
y me muerden las mejillas.

Mas no hubo nunca, sin embargo, testigos,
nunca nadie estuvo allí, conmigo,
en los ascensores,
ni en el frágil reflejo de la luz manchada
en los vagones del metro,
ni en las camas deshechas en que desgrano mi tinta.
No, nadie acudió a la playa a mis naufragios.

Con el tiempo,
poco a poco y sin querer,
sin apenas darme cuenta, fui
marchitándome en su cárcel de agua inmóvil
como un narciso herido.

Y si pudiera al menos
ser
como la luna,
para así esconder mi cara
arañada en los volcanes,
y ser sólo luz de plata
derramada entre los hombres.
Si pudiera ser
ay
como ellos
y que mi piel no vomitara
arañitas disecadas,
ni pedazos de alfiler tatuados por el miedo,
ni estos secos ríos de sombra…
quién sabe
tal vez sería feliz
tal vez podría dejar al fin
de huir
infatigable
de mí mismo,
como un murciélago suicida
que escapara de la noche.

Pues mi cara, un día,
nunca supe bien porqué
—ni cómo, ni hasta cuándo—
empezó a llenárseme de granos;
me salieron agujeros —Tú lo sabes amigo, tú me has visto— dolorosos
como profundísimos pozos inundados de ceniza,
como si anidaran en mi pelo
invisibles
las avispas
y disfrutaran picándome,
cada día desde entonces,
cada día,
como la lluvia llorando en mis cristales.

Me llené de cicatrices.
Y no me refiero con esto solamente
a lo más obvio,
a las estrellas que estallan en mis pómulos
incendiándolos de sangre,
sino a algo más,
dentro, muy adentro,
casi en el fondo oxidado de mí mismo,
allí donde, intactos, se amontonan
mis periódicos antiguos,
mis ganas de gritar,
mis sueños,
en el huérfano rincón donde se pudren
mis besos
de tanto viajar solos,
en los sedientos
posos
de mi duda.

Allí,
donde mis águilas duermen,
en esa incierta
soledad
donde la noche me escuece,
y en la que ningún ilustre dermatólogo
ha sabido pulsar nunca,
hace siglos que zozobro,
anegándome sin remedio
en tempestuosos mares de café,
de envenenado semen
sudado
entre mis sábanas,
de adulterado alcohol batiéndose
en mi boca.

Y si pudieras verme,
si pudieras
ahora
más allá de estas palabras,
por detrás incluso de estos versos,
asomarte a través del diminuto
hueco de mi voz,
entenderías que es verdad
lo que dicen de la cara:
lo de que del alma es espejo.

Por eso
y aunque sea
sonámbulo,
el día menos pensado he de salir
casa por casa
a descolgarlos de todas las paredes,
a destrozar retrovisores,
lunas, azogues,
hasta que no quede en el mundo
nada que me duela,
nada que refleje tan idéntica mi pena,
y me muerda hasta las ganas
desbocadas
de vivir.