Ojalá hubiésemos comprendido que la adolescencia era un proceso de regeneración.
Pero se clava aún mucho después.

Todo asoma a veces con una voracidad inescrutable,
pues en nuestros diarios teníamos los labios secos:
qué pensará
qué pasará si no hago lo suficiente para ser yo.

Cuando pienso en todo ello mi tripa está hinchada de ortigas.
Pero yo, preferiría las zarzamoras.