Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se acercan para
    curiosear en su garganta de hojalata, se celebran festines con moscas y
    gusanos, me cae mal porque me hizo sonreír a mí, que soy tan triste.
A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma
    de las mujeres sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean
    vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas en la tierra, igual que las raíces.
Al morir nos abren el estómago, examinan con los dedos su interior,
    rebuscan entre las vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro
    con los años.

Un espectáculo.

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de
    ellas porque mi corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque
    coincide en tamaño con el hueco de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir,
    sepan que hemos estado juntos.
Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la
    suya, sube y baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a
    una especie salvaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas,
    que jamás se extinguirá.

De Tara (2006)

[Fotografía: Gabriela Cuzepan]